A la deriva de toda esperanza, en mitad de la nada, con los bolsillos y los sueños rotos, trato de no volver a pensar en la situación misma. Como dice un buen amigo mío “Había olvidado la comodidad de sentirme triste”, …pero esta gente me hizo recordar lo frágil que soy en lo interno.
La maldita melancolía de poeta de oscuro bar, en búsqueda tal vez de lo que no existe, mendigando el amor por los rincones, con los sueños hecho trizas, y el corazón..el puto corazón adolorido…
“Tu y yo somos tan semejantes que eso es lo que me detiene a amarte”, me dijo una vez alguien…ser igual a ¿?...lo dudo. Salgo de todo convencionalismo en los que no me siento cómoda y por ser tan yo es que el destino de mierda me juega una mala pasada.
“ Na!, déjate ser y déjate estar”, me grita el subconsciente, inconsciente ya de tanto llorar…no es mi estilo llorar en público, es un mal hábito, tan necesario como gritar las ironías que sufre el alma…pero en este afán de poeta maldito, incomprendido por el mundo, que prefiere sentarse en plena noche a escuchar los grillos y hacerle el amor a una copa de vino… en este afán, las lágrimas son agua de carmelitas contra todos los males conocidos. ¡Y qué mierda le importa al mundo si lloro con todo!, “Llorar la digestión, llorar la lágrima viva…llorar desde dentro”, como dice Benedetti, llorarlo todo, exorcizarse de los deseos tristes, de los amaneceres solos y las noches de locura caminando entre callejones, sin más compañía que un pulgoso gato de muelle… o tal vez de cementerio…
Y comprendí, porque así me lo hicieron conocer, con amor, con la paciencia que da la diferencia, que ya no debo preguntar el por qué, sino el para qué…. Y anoche, en ese frescor de la noche de verano, a mitad de ese parque iluminado, a la luz de las confesiones dolorosas y la cerveza negra, me sentí en paz conmigo misma, descubrí la capacidad infinita de amarse en la melancolía, de reírme de la desgracia y esperar al infortunio con traje de gala. La fragilidad de la nostalgia, que no es una maldición sino una bendición enorme, me enseñó que ser más humanos es marcar la diferencia misma. Y así como bendigo la nostalgia que me acompaña, bendigo a aquellos que de mi hacen una caricatura bizarra, o tal vez hablan a mis espaldas a ciencia cierta de la envidia que los corroe.
Esta es la fragilidad de la nostalgia, la melancolía de poeta trasnochado, ebrio de deseos de amar, y saciado de la lujuria de una copa de vino… en el fragor de lo prohibido, de las caricias que se lleva el viento…y el recuerdo añoso de las horas lejanas.
La maldita melancolía de poeta de oscuro bar, en búsqueda tal vez de lo que no existe, mendigando el amor por los rincones, con los sueños hecho trizas, y el corazón..el puto corazón adolorido…
“Tu y yo somos tan semejantes que eso es lo que me detiene a amarte”, me dijo una vez alguien…ser igual a ¿?...lo dudo. Salgo de todo convencionalismo en los que no me siento cómoda y por ser tan yo es que el destino de mierda me juega una mala pasada.
“ Na!, déjate ser y déjate estar”, me grita el subconsciente, inconsciente ya de tanto llorar…no es mi estilo llorar en público, es un mal hábito, tan necesario como gritar las ironías que sufre el alma…pero en este afán de poeta maldito, incomprendido por el mundo, que prefiere sentarse en plena noche a escuchar los grillos y hacerle el amor a una copa de vino… en este afán, las lágrimas son agua de carmelitas contra todos los males conocidos. ¡Y qué mierda le importa al mundo si lloro con todo!, “Llorar la digestión, llorar la lágrima viva…llorar desde dentro”, como dice Benedetti, llorarlo todo, exorcizarse de los deseos tristes, de los amaneceres solos y las noches de locura caminando entre callejones, sin más compañía que un pulgoso gato de muelle… o tal vez de cementerio…
Y comprendí, porque así me lo hicieron conocer, con amor, con la paciencia que da la diferencia, que ya no debo preguntar el por qué, sino el para qué…. Y anoche, en ese frescor de la noche de verano, a mitad de ese parque iluminado, a la luz de las confesiones dolorosas y la cerveza negra, me sentí en paz conmigo misma, descubrí la capacidad infinita de amarse en la melancolía, de reírme de la desgracia y esperar al infortunio con traje de gala. La fragilidad de la nostalgia, que no es una maldición sino una bendición enorme, me enseñó que ser más humanos es marcar la diferencia misma. Y así como bendigo la nostalgia que me acompaña, bendigo a aquellos que de mi hacen una caricatura bizarra, o tal vez hablan a mis espaldas a ciencia cierta de la envidia que los corroe.
Esta es la fragilidad de la nostalgia, la melancolía de poeta trasnochado, ebrio de deseos de amar, y saciado de la lujuria de una copa de vino… en el fragor de lo prohibido, de las caricias que se lleva el viento…y el recuerdo añoso de las horas lejanas.

